La carretera permanecía cerrada.
Había amanecido hacía poco, pero las luces azules seguían tiñendo el asfalto.
Seis coches patrulla.
Dos vehículos militares.
Tres ambulancias.
Protección Civil.
Y una cinta extendida de lado a lado.
ACCESO RESTRINGIDO.
Un agente la levantó.
Dos técnicos vestidos con monos blancos pasaron por debajo.
Uno llevaba una cámara.
El otro, varios recipientes de muestras.
A pocos metros, una ambulancia permanecía abierta.
Un sanitario estaba sentado en el borde.
Tenía sangre seca en una manga.
Uno de los técnicos reparó en ella.
El sanitario también.
—No es mía.
Nadie preguntó de quién era.
—¿Por dónde? —dijo el técnico.
Un militar señaló el bosque.
—Por aquí.
Avanzaron.
Las primeras ramas estaban partidas.
Más adelante, varios arbustos habían quedado aplastados contra el suelo.
No parecía que algo hubiera corrido entre ellos.
Parecía que no había necesitado esquivarlos.
El técnico de la cámara se agachó.
Había sangre sobre la tierra.
Fotografió.
—¿Humana?
El militar tardó un instante.
—Sí.
El técnico levantó la cabeza.
—¿Cuántos?
—Dos fallecidos confirmados.
El obturador dejó de sonar.
—Cinco heridos.
—¿Los fallecidos eran civiles?
El militar desvió la vista hacia la carretera.
—Uno.
Pausa.
—El otro era policía.
El técnico bajó la cámara.
A unos metros encontraron una mochila abierta.
Más adelante, una linterna con el cristal roto.
Después un trozo de tela enganchado en una rama.
Nadie hizo comentarios.
El segundo técnico se detuvo junto a un árbol.
—Aquí.
Pelo.
Oscuro.
Grueso.
Sacó unas pinzas.
Lo introdujo en un recipiente.
—Muestra cuarenta y tres.
Su compañero anotó.
—¿Cuarenta y tres?
—Desde anoche.
El militar se volvió hacia él.
—¿De esta zona?
El técnico cerró el recipiente.
—De toda Barcelona.
Siguieron.
Entonces apareció la primera huella.
Hundida en el barro.
El técnico fotografió.
Después encontró otra.
Y otra.
—¿Qué animal dijeron que era?
—Nadie ha dicho qué animal era.
—¿Cuántos vieron?
El militar apretó la mandíbula.
—Tres.
Las marcas se separaban en distintas direcciones.
Algunas regresaban sobre sí mismas.
El técnico se agachó.
—Aquí hay más de tres.
El militar levantó la radio.
—Central.
Estática.
—Adelante.
—Tenemos múltiples rastros. Posiblemente más individuos de los informados inicialmente.
—¿Contacto visual?
—Negativo.
Una rama crujió.
Los tres levantaron la cabeza.
Silencio.
El militar llevó una mano al arma.
Otro crujido.
A la derecha.
Después otro.
A la izquierda.
El técnico cerró lentamente la bolsa que llevaba abierta.
—Nos vamos.
El militar no discutió.
—Todos atrás.
Retrocedieron sin darle la espalda al bosque.
La radio volvió a sonar.
—Equipo dos, ¿situación?
—Retirada preventiva.
—Recibido.
Un sonido grave llegó desde algún lugar que ninguno pudo localizar.
El técnico de la cámara se detuvo.
El militar lo agarró del brazo.
—He dicho atrás.
Esta vez nadie volvió a detenerse.
Daniel despertó con el móvil vibrando contra la mesita.
08:17.
Alargó una mano.
Tres mensajes.
Flora.
Sigo sin hacer crecer un bosque.
Daniel parpadeó.
Por si te preocupaba.
Y después:
Aunque una planta de mi cocina está sospechosamente contenta.
Daniel dejó escapar aire por la nariz.
Escribió:
No intentes hacer nada.
Se quedó observando el mensaje.
Recordó la comparecencia.
No intenten provocarlo de nuevo por su cuenta.
Y después su propia voz en el parque.
Haz lo de antes.
Borró.
Si pasa algo me llamas.
Envió.
—Dani.
Daniel levantó la cabeza.
Lina estaba en la puerta.
Ya se había vestido.
El pelo recogido deprisa.
Ojeras.
Y el móvil sujeto con las dos manos.
—¿Has dormido?
—Sí.
Daniel esperó.
—Vale. No.
Lina entró.
Le enseñó la pantalla.
COMUNICACIÓN DE FENÓMENOS FÍSICOS INUSUALES
Daniel dejó el teléfono.
—¿Quieres hacerlo?
Lina tardó en responder.
—Creo que sí.
—¿Crees?
—No estoy segura.
Daniel esperó.
Lina bajó la vista hacia sus manos.
—Ayer me preguntaste si quería avisar.
—Sí.
—Y te dije que no sabía.
—Sí.
—Pues sigo sin saberlo.
Daniel asintió.
—Buena evolución.
Lina lo fulminó con la mirada.
—Estoy intentando no entrar en pánico.
—Perdón.
Ella se sentó en el borde de la cama.
—Si vuelve a pasar...
Silencio.
—Si mamá está cerca...
Daniel dejó de bromear.
—O papá.
Lina asintió.
—No quiero descubrir lo que puedo hacer haciéndoles daño.
Daniel apartó las sábanas.
—Voy contigo.
—Dani, no hace falta.
Daniel cogió una camiseta.
—No te he preguntado.
—Eres insoportable.
—Eso sí parece tener consenso científico.
Lina sonrió apenas.
Daniel se puso la camiseta.
—¿Se lo has dicho a mamá y papá?
La sonrisa desapareció.
—No.
—Lina.
—Todavía no.
—Deberías contárselo.
—Ya lo sé.
—Bien.
Lina frunció el ceño.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que haga?
—No sé. Darme un discurso.
—No tengo ninguno preparado.
Daniel cogió el móvil.
—Cuando quieras contarlo, te acompaño.
Lina bajó la cabeza.
—Gracias.
—Vamos.
La televisión estaba encendida.
Su padre permanecía frente a ella con una taza en la mano.
Daniel y Lina iban hacia la puerta cuando una frase los detuvo.
—...dos personas han fallecido durante un incidente ocurrido esta madrugada en una carretera secundaria de la provincia de Barcelona.
En pantalla apareció la carretera.
La misma cinta.
Vehículos militares.
Ambulancias.
Un bosque al fondo.
—Las autoridades no han confirmado la especie de los animales implicados. Cinco personas permanecen hospitalizadas, dos de ellas en estado grave.
Su madre salió de la cocina.
—¿Animales?
El padre de Daniel subió el volumen.
—Los servicios de emergencia investigan si el incidente está relacionado con la alerta emitida ayer sobre alteraciones físicas y comportamientos anómalos detectados en fauna.
Daniel dejó de escuchar.
Polvo.
Hormigón.
Una boca demasiado grande.
La criatura lanzándose hacia él.
Un disparo.
Y después aquel instante que nunca conseguía recordar correctamente.
—Daniel.
Parpadeó.
Su madre lo observaba.
—¿Estás bien?
—Sí.
En la televisión apareció un vídeo grabado desde lejos.
Algo cruzó entre los árboles.
Dos segundos.
Suficientes.
A Daniel se le endureció el estómago.
Lina lo vio.
—Tú viste uno.
No era una pregunta.
Su padre se giró.
—¿Qué?
Daniel clavó los ojos en Lina.
Ella comprendió demasiado tarde.
—Nada.
—¿Qué viste? —preguntó su padre.
Daniel guardó silencio.
—Durante La Caída.
Su madre dejó lo que llevaba en la mano.
—¿Qué viste?
—Un animal.
—¿Qué animal?
Daniel recordó cómo se movía.
—No lo sé.
—Daniel.
—Parecía una rata.
Su padre frunció el ceño.
—¿Parecía?
—Era casi del tamaño de un perro.
Silencio.
Su madre perdió color.
—¿Y tú estabas cerca de eso?
Daniel no respondió.
No hacía falta.
—¿Por qué no nos lo dijiste?
—Habían pasado otras cosas.
La frase sonó peor al decirla.
Su padre dejó la taza.
—¿Qué otras cosas?
Daniel abrió la boca.
Clara.
El golpe.
El aire.
El soldado.
—Nada.
Su padre sostuvo la mirada.
Durante un segundo ninguno habló.
Entonces:
Chas.
El padre de Daniel apartó la mano de la taza.
Todos bajaron la vista.
—Otra vez —dijo Lina.
Él se frotó los dedos.
—Estática.
Daniel y Lina intercambiaron una mirada.
Su madre volvió hacia la televisión.
—No me gusta nada esto.
Daniel tampoco.
El centro provisional ocupaba un antiguo pabellón municipal.
La cola llegaba hasta la calle.
Daniel se detuvo.
—Joder.
Lina contempló a la gente.
—¿Todos ellos...?
Daniel no pudo responder.
Una mujer esperaba con su hija.
Un hombre de unos cincuenta años llevaba una manta sobre los hombros pese a que no hacía frío.
Un adolescente examinaba continuamente sus dedos.
Una chica tenía una quemadura vendada en el antebrazo.
No parecían pertenecer al mismo lugar.
Eso era precisamente lo inquietante.
Policías controlaban la entrada.
Sanitarios entraban y salían.
Protección Civil organizaba las colas.
Dos militares descargaban material de una furgoneta.
Sobre la puerta habían colocado un cartel.
CENTRO DE EVALUACIÓN Y REGISTRO DE INCIDENCIAS
Nada más.
Sin símbolos.
Sin respuestas.
Lina respiró profundamente.
—Todavía podemos irnos —dijo Daniel.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Lina tragó saliva.
—Si me voy ahora, mañana volveré a pensar que debería haber entrado.
Daniel asintió.
—Entonces entramos.
Lina fue la primera en cruzar la puerta.
Daniel la siguió.
Una sanitaria les entregó un formulario.
—Uno por persona afectada. Si vienes como acompañante, indícalo abajo.
Daniel cogió un bolígrafo.
Lina leyó.
Fecha aproximada del primer incidente.
Descripción.
Duración.
¿Se ha repetido?
¿Existió contacto directo con alguno de los fragmentos?
Lina levantó la vista.
—¿Qué pongo?
—La verdad.
—Qué suerte tenerte aquí.
—Intento aportar.
Lina empezó a escribir.
Una puerta se abrió.
Un chico salió acompañado por una enfermera.
Más o menos de la edad de Daniel.
Pelo oscuro.
Sudadera.
La expresión de alguien que llevaba demasiado tiempo respondiendo las mismas preguntas.
—No sé cuántas veces queréis que lo diga. No lo hago a propósito.
—Lo sabemos.
—No parece.
—Necesitamos descartar errores.
—Pues lleváis cuatro intentos.
Una corriente atravesó el pasillo.
Los formularios de una mesa se levantaron.
La enfermera consiguió sujetarlos.
El chico cerró los ojos.
—Genial.
La corriente cesó.
Lina había dejado de escribir.
El chico abrió los ojos.
Primero vio los papeles.
Después a Lina.
Se quedaron mirándose apenas un segundo.
No hizo falta nada más.
Él apartó la vista.
—¿Puedo irme?
La enfermera comprobó una carpeta.
—Necesitamos repetir la medición.
—Claro que sí.
—Nair.
Él se giró.
—¿Qué?
La enfermera señaló otra puerta.
—Por aquí.
Nair suspiró.
Antes de entrar volvió la cabeza hacia el pasillo.
Sus ojos pasaron esta vez por Lina sin detenerse.
La puerta se cerró.
Lina volvió al formulario.
Daniel esperó.
—No digas nada.
—No iba a decir nada.
—Estabas a punto.
—Puede.
—Daniel.
—Formulario.
Lina negó con la cabeza y siguió escribiendo.
La primera parte de las pruebas fue extraordinariamente normal.
Tensión.
Temperatura.
Saturación.
Extracción de sangre.
Preguntas.
—¿Habías experimentado algo parecido antes de La Caída?
—No.
—¿Algún familiar ha experimentado algún fenómeno físico inusual?
Lina se quedó quieta.
Daniel también.
Un segundo.
Dos.
—No que yo sepa.
La mujer anotó la respuesta.
—¿Estuviste cerca de alguno de los fragmentos?
—No.
—¿Perdiste el conocimiento?
—No.
—Descríbeme exactamente el primer incidente.
Lina habló de la servilleta.
De las hojas.
Del viento.
De cómo había empezado sin querer.
—¿Sentiste miedo?
Lina dudó.
—Sí.
—¿Antes o después?
—Antes.
La mujer levantó ligeramente la cabeza.
—¿Aumentó cuando te asustaste?
Lina buscó a Daniel con los ojos.
—Creo que sí.
Otra anotación.
La mujer cerró la carpeta.
—Vamos a hacer una última prueba.
El equipo de la sala parecía médico.
Pero no completamente.
Sensores adaptados.
Cables.
Un monitor con varias gráficas que Daniel no reconocía.
—¿Qué mide? —preguntó.
La técnica comprobó un sensor.
—Eso estamos intentando averiguar.
Lina se sentó.
Le colocaron dos sensores.
—Respira normalmente.
—Eso siempre funciona cuando alguien te dice que respires normalmente.
La técnica sonrió.
—Inténtalo.
Lina respiró.
Las líneas permanecieron estables.
Después una tembló.
La sonrisa de la técnica desapareció.
Ajustó el equipo.
La señal se perdió.
Regresó.
—Un momento.
Salió.
Lina giró hacia Daniel.
—Esa frase tampoco me gusta.
—La máquina puede estar fallando.
—No te lo crees.
—No.
—Gracias.
La puerta se abrió.
Entró un hombre con bata.
Cincuenta y tantos.
Ojeras profundas.
Se acercó al monitor.
—Repítelo.
La técnica reinició.
Lina respiró.
Nada.
Después:
una señal.
El hombre se inclinó.
—Otra vez.
Reiniciaron.
La señal apareció de nuevo.

—¿Qué significa? —preguntó Daniel.
Nadie respondió.
—¿Es la energía de la que hablaron ayer?
El hombre se volvió hacia él.
Después hacia Lina.
—Creemos que sí.
Lina bajó la vista hacia los sensores.
—Entonces es real.
El hombre se sentó frente a ella.
—Lo que te está ocurriendo es real.
Lina apretó los dedos contra la silla.
—¿Qué tengo?
—No lo sabemos.
—Pero acabas de medirlo.
—Detectar algo y entenderlo son cosas muy distintas.
—¿Puede hacerme daño?
El hombre tardó demasiado.
—Todavía no podemos responderte.
—¿Y a los demás?
Otra pausa.
—Tampoco.
La respiración de Lina cambió.
Daniel se acercó un paso.
—Eso no significa que vaya a ocurrir —añadió el hombre.
—Pero puede.
—Significa que no lo sabemos.
La misma respuesta.
Otra vez.
Daniel empezaba a odiarla.
El hombre le entregó una tarjeta.
—Si vuelve a suceder, llama a este número.
Lina la cogió.
—No intentes provocarlo. Y, si puedes, aléjate de otras personas hasta que termine.
Lina asintió.
—Volveremos a contactar contigo.
Daniel observó la gráfica.
La señal había desaparecido.
—¿Hay muchos?
El hombre se detuvo junto a la puerta.
—¿Muchos qué?
—Como ella.
El hombre miró hacia el pasillo.
La gente seguía esperando.
—Más que ayer.
Y salió.
En otra parte de Barcelona, una puerta sellada se cerró.
Detrás del cristal había un fragmento.
Oscuro.
Irregular.
No era mucho mayor que una piedra.
Una investigadora activó el equipo.
—Muestra doce.
—Adelante.
Las primeras lecturas aparecieron.
—Temperatura estable.
Otra.
—Sin cambios.
Otra.
La investigadora se inclinó hacia el monitor.
—Espera.
Su compañero se acercó.
Una señal débil atravesaba la gráfica.
—Repite.
Reiniciaron.
Volvió.
—Calibra.
—Ya está calibrado.
—Hazlo otra vez.
Lo hicieron.
La señal regresó.
El hombre abrió otro archivo.
Decenas de gráficas.
Personas examinadas durante las últimas horas.
La investigadora comparó.
—No es igual.
—No.
Amplió ambas.
—Pero mira la frecuencia.
Ella alternó entre las lecturas.
Personas.
Fragmento.
Personas.
Fragmento.
—Se parecen.
—Sí.
—¿Cuánto?
—Todavía no lo suficiente.
—¿Para decir qué?
Su compañero cerró el archivo.
—Cualquier cosa que después tengamos que retirar.
Cogió una carpeta.
—Envíalo al grupo de coordinación.
—Ya tienen los resultados de las otras muestras.
—No estos.
La investigadora abrió el sistema de envío.
—¿A quién exactamente?
El hombre señaló la referencia de la carpeta.
—Al mismo contacto que pidió los informes clínicos.
Los dedos de la investigadora se detuvieron sobre el teclado.
—¿También los historiales completos?
—Todo lo solicitado.
Ella permaneció quieta un instante.
Después pulsó una tecla.
—Enviado.
El hombre salió.
La investigadora volvió hacia el cristal.
La señal seguía allí.
Daniel y Lina salieron del centro.
La cola era todavía más larga.
Lina se detuvo en la acera.
Inspiró profundamente.
Daniel esperó.
—¿Te arrepientes?
—No.
—Bien.
—Tampoco estoy contenta.
—Eso también parece razonable.
Lina observó la entrada.
Una madre entraba con una niña.
Un hombre salía sujetando documentos.
Una ambulancia acababa de llegar.
—Creo que era peor pensar que quizá me lo estaba imaginando.
—No te lo estabas imaginando.
—Ya.
Lina se abrazó a sí misma.
—Ese es el problema.
Daniel no encontró una frase que pudiera arreglarlo.
Así que permaneció a su lado.
Después de unos segundos, Lina empezó a caminar.
—Tengo que decírselo a mamá.
—Sí.
—Y a papá.
—Sí.
—¿Vas a estar?
—Sí.
Lina asintió.
Caminaron.
—¿Y Flora?
Daniel tardó medio paso demasiado.
Lina lo vio.
—Le pasa algo.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
—Lina.
—¿Es como lo mío?
Daniel guardó silencio.
—No es mío para contarlo.
La frase la detuvo.
Después asintió.
—Vale.
Daniel arqueó una ceja.
—¿Ya está?
—¿Quieres que insista?
—No.
—Pues cállate.
Daniel sonrió.
—Ahí estás.
Lina le dio un pequeño golpe en el brazo.
Siguieron caminando.
No hubo un momento exacto en el que todo cambió.
Hubo datos.
Uno detrás de otro.
Madrid envió sus resultados.
Barcelona respondió.
Valencia añadió nuevos casos.
Zaragoza solicitó el protocolo.
Bilbao confirmó otras lecturas.
Sevilla pidió equipos.
Una fotografía.
Un análisis.
Una llamada.
Otra.
Equipos militares ampliaron perímetros alrededor de fragmentos.
Protección Civil cerró accesos a determinadas zonas.
Veterinarios empezaron a trabajar junto a unidades que hasta entonces solo habían buscado personas.
Un parque quedó vacío.
Una carretera, bloqueada.
En una sala colocaron fotografías de animales sobre una mesa.
En otra aparecieron decenas de gráficas humanas.
En otra, una piedra caída del cielo producía una señal que nadie sabía explicar.
Distintos lugares.
Distintos incidentes.
La misma conclusión.
Aquello no estaba terminando.
Estaba empezando.
La sala de coordinación no tenía cámaras.
Ni periodistas.
Solo personas cansadas.
Ordenadores.
Carpetas.
Vasos de café.
Y un mapa de España lleno de puntos.
—Ciento diecisiete incidentes verificados en personas.
Un hombre levantó la vista de su portátil.
—Ciento veintinueve.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace siete minutos.
Alguien actualizó el mapa.
Aparecieron nuevos puntos.
—Fauna.
Otra pantalla.
—Veintitrés confirmados. Cincuenta y uno pendientes.
—Bajas.
Silencio.
—Dos fallecidos confirmados en Barcelona. Cinco heridos. Tres ataques más en investigación.
La responsable de la mesa pasó a la siguiente carpeta.
—Fragmentos.
Un investigador abrió varias gráficas.
—Doce muestras analizadas. Todas presentan la señal.
—¿La misma que los casos humanos?
—No exactamente.
—Entonces.
El investigador escogió las palabras.
—Creemos que forman parte del mismo fenómeno.
—¿Creemos?
—Es lo máximo que puedo decir sin inventar.
Nadie insistió.
—¿Cuánto tiempo necesitamos para entenderlo?
—Meses.
—No tenemos meses.
—Entonces tendremos respuestas incompletas.
Otro hombre cerró una carpeta.
—Y datos incompatibles.
Giró su portátil.
—Doce organismos. Protocolos distintos. Hospitales registrando casos de formas diferentes. Laboratorios que ni siquiera están midiendo exactamente lo mismo.
—Centralizadlo.
—¿Dónde?
Silencio.
—Sanidad tiene una parte. Interior otra. Defensa otra. Universidades otra. Los centros de investigación otra.
Señaló el mapa.
—Esto servía cuando creíamos que gestionábamos una emergencia.
La responsable observó los puntos.
—¿Y ahora?
—Ahora sabemos que mañana habrá más.
Otro punto apareció.
Después otro.
La responsable cerró la carpeta.
—Entonces dejemos de tratarlo como algo temporal.
—¿Qué propones?
—Una estructura permanente.
Silencio.
—Investigación.
Las gráficas.
—Registro.
Los expedientes.
—Evaluación.
Las fotografías de la carretera.
—Seguridad.
Alguien se inclinó hacia delante.
—Eso necesita autorización.
—Preparadla.
—¿Para cuándo?
La responsable contempló el mapa.
Otro punto acababa de aparecer.
—Ayer.
Daniel estaba en el balcón.
Barcelona seguía allí.
Eso era lo extraño.
Los edificios no habían cambiado.
Las calles conservaban los mismos nombres.
El semáforo de la esquina seguía tardando demasiado.
Pero había helicópteros atravesando el cielo.
Vehículos militares en avenidas donde nunca los había visto.
Cintas alrededor de lugares por los que había pasado cientos de veces.
Y personas esperando voluntariamente en centros provisionales para que alguien les explicara por qué el mundo había dejado de obedecer determinadas reglas.
La puerta del balcón se abrió.
Lina salió.
Se colocó junto a él.
Durante un rato ninguno habló.
—Se lo he dicho a mamá.
Daniel giró la cabeza.
—¿Y?
—Ha llorado.
—Normal.
—Después me ha abrazado.
—También normal.
—Después ha vuelto a llorar.
Daniel asintió.
—Muy mamá.
Lina sonrió.
—Papá se ha quedado callado.
—Muy papá.
—Luego me ha preguntado tres veces si me dolía algo.
—Eso también es muy papá.
Lina apoyó los brazos en la barandilla.
Una corriente suave atravesó el balcón.
Los dos la sintieron.
Una hoja seca se levantó del suelo.
Lina se tensó.
Daniel permaneció quieto.
La hoja giró.
Una vez.
Dos.
Lina cerró los ojos.
Respiró.
La hoja descendió.
Cayó.
El aire volvió a quedarse inmóvil.
Lina abrió los ojos.
—No he hecho nada.
Daniel contempló la hoja.
—Quizá esta vez eso era exactamente lo que tenías que hacer.
Lina volvió a mirar la hoja.
El miedo seguía allí.
Pero esta vez no había decidido por ella.
Daniel lo vio.
—¿Crees que he sido yo?
—No lo sé.
Lina soltó una pequeña risa.
—Claro.
—Soy consistente.
Volvió el silencio.
A lo lejos sonó una sirena.
—¿Crees que volverá a ser como antes?
Daniel contempló Barcelona.
Pensó en una chica cuyo nombre todavía no conocía.
En un soldado al que tampoco había vuelto a ver.
En una rata que no debería haber podido existir.
En Flora viendo aparecer brotes a metros de ella.
En la descarga de los dedos de su padre.
En Lina sentada frente a una máquina que confirmaba que algo imposible era real.
Y finalmente, en él.
Daniel bajó la vista hacia sus manos.
No sabía por qué seguía mirándolas.
Nada.
Ni una corriente.
Ni una chispa.
Ni una hoja moviéndose.
Nada.

Levantó de nuevo la mirada.
—No.
Lina se volvió hacia él.
—Creo que «antes» terminó con La Caída.
Barcelona continuaba iluminada frente a ellos.
Herida.
Vigilada.
Viva.
Durante días, todos habían esperado que la emergencia terminara.
Que retiraran los escombros.
Que abrieran las carreteras.
Que las ambulancias dejaran de sonar.
Que alguien explicara lo ocurrido.
Pero la pregunta había cambiado.
Ya no era cuánto tardaría el mundo en volver a ser como antes.
Era qué iba a ocupar su lugar.
En hospitales, laboratorios, carreteras y edificios oficiales, miles de personas empezaban a prepararse para algo que todavía no tenía nombre.
No sabían qué era aquella energía.
No sabían por qué algunas personas podían hacer cosas imposibles.
No sabían qué estaba ocurriendo con los animales.
Ni qué lugar ocuparía cada uno en aquel nuevo mundo.
Pero habían dejado de preguntarse si era real.
Ahora tenían que aprender a vivir con ello.
Daniel apoyó los brazos en la barandilla.
Lina hizo lo mismo.
Dos hermanos contemplando la misma ciudad.
Sin saber que, en algún lugar, ya estaban empezando a construir un sistema que muy pronto intentaría decidir qué era cada uno de ellos.
CORTE A NEGRO.