TEMPORADA 1 — EL DESPERTAR

ARCO I — DESPUÉS DE LA CAÍDA

EPISODIO 04

Despertar

12 min de lectura

El móvil vibró.

Daniel tardó unos segundos en mirarlo.

Seguía sentado en la grada del pabellón, con los codos apoyados sobre las rodillas.

Las manos entrelazadas.

A su alrededor, el pabellón seguía lleno de movimiento, aunque ya no tenía el mismo aspecto de antes.

Había menos gente.

Algunas camillas estaban vacías.

Otras seguían ocupadas por personas que dormían, hablaban en voz baja o miraban el techo sin hacer nada.

Daniel enfocó la pantalla.

Era un mensaje de Lina:

Ya estoy en casa. Ven cuando puedas. No hay prisa.

Daniel se quedó mirando la pantalla.

No hay prisa.

Esas palabras le sonaron raras.

Todo parecía tener prisa desde La Caída.

Las ambulancias.

Los mensajes.

Las llamadas.

Las noticias.

La gente buscando gente.

La necesidad constante de saber qué había ocurrido, quién estaba bien, qué zonas seguían aisladas, si es que la vida iba a volver a ser la misma.

Se levantó.

Durante un instante se quedó mirando el pabellón.

Pensó en el vaso.

En el plástico deslizándose sobre el metal.

Tac.

Después pensó en Lina.

Salió.

Fuera, la ciudad se movía despacio.

Demasiado despacio.

Daniel avanzó por calles que reconocía de memoria.

Un autobús detenido junto a una acera con una de las ventanas rota.

Más adelante, dos operarios colocaban una valla delante de una fachada dañada.

Un hombre barría cristales de la entrada de un comercio mientras hablaba por teléfono.

—Sí, mamá, estoy bien.

Daniel siguió caminando.

Escuchó la misma frase varias veces.

Estoy bien.

Dicha por personas distintas a familiares distintos.

Como si esas dos palabras se hubieran convertido en la contraseña de toda la ciudad.

En una parada de autobús, varias personas se agrupaban alrededor de un teléfono.

Nadie parecía mirar ya una pantalla solo.

Las noticias pasaban de mano en mano.

Vídeos.

Rumores.

Mensajes de voz.

Daniel pasó junto a una esquina donde un grupo observaba una grabación.

No pensaba detenerse.

Lo hizo de todos modos.

En la pantalla varios papeles giraban alrededor de una persona.

La grabación temblaba.

—Es el viento —dijo una voz.

Otra respondió:

—¿Qué viento? Mira los árboles.

Daniel miró.

Los árboles del fondo estaban quietos.

Los papeles no.

Giraban alrededor de aquella persona describiendo círculos irregulares.

Por un instante volvió a ver una hoja desplazándose por el pabellón.

La manta de Lina levantándose apenas unos centímetros.

El vaso.

Tac.

Apartó la mirada.

Siguió caminando.

Al llegar al edificio de sus padres, se quedó unos segundos delante del portal.

Había hecho ese recorrido cientos de veces.

Pero algo era diferente.

Subió.

Antes de que pudiera llamar, la puerta se abrió.

Su madre estaba al otro lado.

Lo miró.

No dijo nada.

Simplemente lo abrazó.

Daniel se quedó rígido durante un segundo.

Después la rodeó con los brazos.

—Mamá...

Cuando finalmente se separó, le puso ambas manos en la cara.

—Déjame verte.

—Estoy bien —dijo Daniel.

—Ya. Eso lo llevas diciendo desde ayer.

Dentro, su padre estaba junto a la mesa.

Tenía ojeras nuevas.

Parecía haber envejecido varios días en uno solo.

Se miraron.

Durante un instante ninguno supo muy bien si darse la mano, abrazarse o simplemente asentir.

Su padre terminó acercándose y le dio una palmada en el hombro.

—Menudo susto nos has dado.

—Yo no hice caer nada —dijo Daniel.

—Ya empezamos.

Daniel dejó escapar una risa.

Era absurda.

Pero la necesitaba.

Al apartarse, sus dedos se rozaron.

Chas.

Los dos retiraron la mano.

Daniel miró sus dedos.

Su padre hizo lo mismo.

—¿Lo has notado?

—Estática —dijo.

Y lo dejó ahí.

Daniel siguió hacia el salón.

Lina estaba allí.

Sentada.

Lo observaba.

—Hola —dijo ella.

—Hola.

Ninguno añadió nada.

No hacía falta.

Durante unos segundos, estar en casa pareció suficiente.

La televisión estaba encendida, con el volumen bajo.

Las imágenes cambiaban constantemente.

Calles dañadas.

Equipos de emergencia.

Hospitales.

Declaraciones oficiales.

Grabaciones enviadas por ciudadanos.

Un presentador hablaba mientras, detrás de él, aparecían vídeos de ciudades distintas.

Ningún nombre.

Ninguna explicación.

Daniel intentó no prestar atención.

Se sentó a la mesa.

Su madre puso comida delante de él sin preguntarle si tenía hambre.

—Come.

—Mamá...

—Come —repitió.

Daniel obedeció.

Hablaron de cosas prácticas.

Agua.

Comida.

Familiares.

Qué calles seguían cortadas.

Qué supermercados habían abierto.

Quién había conseguido hablar con quién.

Su padre comentó que algunos transportes empezaban a funcionar de nuevo.

Su madre explicó que una vecina todavía no había conseguido localizar a un familiar.

Lina apenas hablaba.

Durante unos minutos funcionó.

Durante unos minutos pudieron fingir que aquello era lo único de lo que tenían que preocuparse.

Problemas concretos.

Problemas normales.

Cosas que podían resolverse haciendo una llamada, comprando agua o esperando unas horas.

Hasta que la televisión cambió de imagen.

Una grabación vertical ocupó la pantalla.

Un grupo de personas corría por una calle mientras alguien gritaba detrás de la cámara.

La imagen se cortó.

Otra grabación.

Un destello.

Otra.

Algo moviéndose sin que nadie pareciera tocarlo.

Su padre cogió el mando y bajó aún más el volumen.

—Llevan todo el día con lo mismo.

La madre de Daniel dejó un plato sobre la mesa.

—Pues quítalo.

—Quiero saber qué dicen.

—No están diciendo nada —respondió ella.

Daniel miró a Lina.

Ella no estaba mirando la televisión.

Tenía las manos alrededor de una taza.

Los dedos tensos.

—¿Estás bien? —preguntó Daniel.

Lina levantó la vista.

—Sí.

Demasiado rápido.

—¿Seguro?

—Estoy cansada.

Su madre intervino desde la cocina.

—Todos estamos cansados.

Lina asintió.

Bajó de nuevo la mirada.

Daniel continuó observándola.

Había algo diferente.

No sabía decir qué.

Lina soltó la taza.

Se frotó un brazo.

Después el otro.

—¿Tienes frío? —preguntó su madre.

—No.

—Pues ponte algo.

—Que no tengo frío, mamá.

Su respuesta salió más seca de lo que pretendía.

Lina se calló un instante.

—Perdón.

—No pasa nada —respondió su madre.

Silencio.

Daniel cogió el vaso.

Bebió.

Lina tomó una cuchara y comenzó a remover el contenido de la taza.

Una vuelta.

Otra.

Otra.

El tintineo contra la cerámica llenaba los pequeños silencios de la habitación.

Tin.

Tin.

Tin.

Hasta que se detuvo.

Lina dejó la cuchara inmóvil.

Miró hacia un lado.

Daniel siguió su mirada.

Una servilleta descansaba sobre la mesa.

Nada más.

Lina volvió a mover la cuchara.

La servilleta se deslizó.

Solo unos centímetros sobre la madera.

Daniel parpadeó.

Lina dejó de mover la mano.

La servilleta también se detuvo.

Ella la miró.

Después miró hacia la ventana.

Estaba cerrada.

Daniel hizo lo mismo.

Nada.

Ninguna corriente.

Su padre continuaba hablando.

—...si mañana abren esa zona, puedo acercarme y...

La servilleta volvió a moverse.

Muy poco.

Un roce suave sobre la madera.

Lina la miró.

Esta vez Daniel vio cómo cambiaba su expresión.

No era sorpresa.

Era miedo.

Lina contempla asustada cómo el viento y las hojas se descontrolan a su alrededor dentro de casa.

Daniel dejó lentamente el vaso sobre la mesa.

—¿Lo has...?

No terminó la frase.

Lina levantó los ojos.

Por un instante se miraron.

Daniel estuvo a punto de decir algo.

Ella apartó la mirada.

Se frotó otra vez los brazos.

—Necesito aire —dijo.

Su madre se giró.

—¿Ahora?

—Sí.

—Pero si acabas de...

—Solo un momento.

Se levantó.

Salió.

La puerta se cerró detrás de ella.

Nadie la detuvo.

Su padre siguió hablando.

Su madre recogió una taza.

Daniel no escuchó a ninguno de los dos.

Miró la puerta.

Después la servilleta.

Permanecía inmóvil.

Volvió a mirar la ventana.

Cerrada.

Entonces recordó.

El pabellón.

Las hojas.

La manta.

El vaso deslizándose lentamente sobre el metal.

Tac.

Daniel se levantó.

—¿Dónde vas? —preguntó su madre.

—Ahora vuelvo.

Salió.

—¿Lina?

No obtuvo respuesta.

Avanzó unos pasos.

Afuera, el aire era distinto.

Una hoja cruzó flotando.

Después otra.

—¿Lina?

Esta vez su voz salió más baja.

Su hermana estaba de espaldas.

Inmóvil.

—¿Estás bien?

Lina no contestó.

Daniel dio un paso.

Una tercera hoja pasó junto a su pierna.

No siguió adelante.

Giró.

Daniel la siguió con los ojos.

La hoja trazó medio círculo alrededor de Lina.

Después otra se levantó del suelo.

Y otra.

El aire empezó a girar muy despacio a su alrededor.

Primero a ras del suelo.

Después alrededor de sus piernas.

Daniel se quedó quieto.

Las hojas comenzaron a seguir el movimiento.

Una.

Tres.

Cinco.

Miró alrededor.

Buscó una explicación.

Cualquier cosa.

Las ramas de los árboles apenas se movían.

El aire continuó ascendiendo alrededor de Lina.

Como si la envolviera.

Como si respondiera a algo.

—Lina.

Ella bajó la cabeza.

—No sé qué me pasa.

Daniel sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Mírame.

Lina negó ligeramente.

—Lina, mírame.

Entonces se giró.

Tenía la cara pálida.

Los ojos muy abiertos.

No parecía fascinada.

No parecía sorprendida.

Parecía asustada.

—Dani...

Levantó lentamente las manos.

Las palmas hacia arriba.

Separadas frente a su cuerpo.

No parecía saber qué hacer con ellas.

Ni qué estaba ocurriendo.

El movimiento del aire cambió.

Daniel lo oyó antes de sentirlo.

Un murmullo grave y continuo.

Las hojas se aceleraron.

El pelo de Lina comenzó a levantarse.

—No hagas nada —dijo Daniel.

Lina lo miró.

—No estoy haciendo nada.

El viento aumentó.

Daniel retrocedió un paso por puro reflejo.

Lina lo vio.

Y aquello pareció asustarla todavía más.

—Dani...

Daniel se detuvo.

Las hojas giraban cada vez más rápido a su alrededor.

Una pasó entre los dos.

Otra golpeó suavemente la pared.

El viento alcanzó a Daniel.

Le movió la ropa.

Le revolvió el pelo.

Pero alrededor de Lina era distinto.

No parecía simplemente soplar.

Giraba.

Subía desde el suelo, rodeaba sus piernas, ascendía por su cuerpo y continuaba por encima de su cabeza.

Como si ella fuera el centro.

Daniel miró los árboles.

Las ramas apenas se movían.

Miró hacia la calle.

Nada.

El viento estaba allí.

Solo allí.

—No entiendo qué está pasando —dijo Lina.

Su respiración se aceleró.

El viento también.

Daniel lo notó.

—Lina.

—No puedo pararlo.

Una maceta junto a la entrada tembló.

Daniel la miró.

—Lina, mírame.

—Te estoy diciendo que no puedo...

—Mírame.

Ella lo hizo.

Daniel mantuvo los ojos fijos en los suyos.

Intentó que su voz sonara más tranquila de lo que se sentía.

—Respira.

Lina negó con la cabeza.

—¿Cómo quieres que respire?

Una ráfaga atravesó el espacio entre ambos.

Daniel levantó un brazo para protegerse los ojos.

—Pues como siempre.

—Daniel...

—No sé qué más decirte.

Por un instante, Lina lo miró como si no pudiera creerlo.

Daniel tampoco sabía qué estaba haciendo.

Había visto los vídeos.

Había escuchado la radio.

Había pasado horas intentando entender cosas que no tenían sentido.

Pero ninguna de ellas le había preparado para aquello.

Lina cerró los ojos.

Intentó respirar.

Una vez.

El aire siguió girando.

Otra.

Las hojas continuaron dando vueltas.

Daniel no apartó la mirada.

—Eso es.

Lina abrió los ojos.

—No está funcionando.

—Ya.

—Gracias.

—De nada.

En cualquier otro momento, quizá habría sonreído.

No lo hizo.

El viento volvió a aumentar.

Una ráfaga empujó a Daniel hacia atrás.

Esta vez tuvo que mover un pie para mantener el equilibrio.

Lina lo vio.

—Entra.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué?

—Entra en casa.

—No.

—Dani.

—No.

—¿Y si te hago daño?

La pregunta lo dejó callado.

Lina miró sus propias manos.

Las bajó rápidamente.

No cambió nada.

El viento continuó.

Volvió a levantarlas.

Nada.

Cerró los puños.

Nada.

—No sé cómo hacerlo parar.

Daniel observó las hojas.

El pelo de Lina.

El aire moviéndose alrededor de ella.

Recordó los vídeos del pabellón.

El hombre con fuego alrededor de las manos.

El agua subiendo por una pared.

La oscuridad extendiéndose por el suelo.

La mujer rodeada de luz.

La descarga saltando entre los dedos de aquel chico.

Hasta entonces todos habían sido desconocidos.

Imágenes en una pantalla.

Podían ser falsas.

Podían tener una explicación.

Podían estar ocurriendo al otro lado del mundo.

Esto no.

Daniel dio un paso hacia Lina.

—¿Qué haces?

—Acercarme.

—No.

Daniel dio otro.

—Daniel, para.

Se detuvo.

No porque ella se lo hubiera pedido.

Una ráfaga acababa de pasar frente a él con suficiente fuerza para obligarlo a cerrar los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, Lina seguía allí.

En el centro.

Intacta.

El viento no la golpeaba.

No la hacía retroceder.

Ni siquiera parecía empujarla.

Su ropa y su pelo se agitaban, pero su cuerpo permanecía firme.

Como si el aire supiera exactamente dónde estaba.

Daniel sintió un escalofrío.

—Lina...

Ella lo miró.

—¿Qué?

Daniel no respondió.

No sabía cómo decirlo.

No sabía siquiera qué estaba viendo.

Una hoja ascendió frente a Lina.

Subió lentamente.

Giró una vez sobre sí misma.

Después otra.

Lina la siguió con la mirada.

La hoja quedó suspendida durante un instante.

Lina dejó de respirar.

Daniel también.

Entonces cayó.

El viento disminuyó.

Solo un poco.

Lina miró sus manos.

—¿He hecho yo eso?

Daniel tardó en contestar.

Podía mentirle.

Decir que no sabía.

Decir que quizá había sido una corriente.

Lo mismo que había intentado decirse a sí mismo desde el pabellón.

Miró los árboles inmóviles.

Las hojas girando alrededor de su hermana.

La ventana cerrada detrás de ellos.

Ya no había una explicación fácil.

—No lo sé.

Era lo único que podía decirle.

Lina levantó la mirada.

—Tú también lo has visto.

Daniel no contestó.

No hacía falta.

El miedo en el rostro de Lina cambió.

No desapareció.

Se volvió más real.

Porque ya no era algo que únicamente ella estuviera sintiendo.

Daniel también podía verlo.

Desde dentro de la casa llegó una voz.

—¿Daniel?

Su madre.

Los dos miraron hacia la puerta.

—¿Lina?

Ella abrió mucho los ojos.

—No.

Daniel volvió a mirarla.

—¿Qué?

—No les digas nada.

—Lina...

—Por favor.

La puerta seguía cerrada.

Daniel miró hacia ella.

Después hacia su hermana.

Otra ráfaga levantó las hojas.

Lina apretó los dientes.

—No quiero que me vean así.

Daniel permaneció inmóvil.

Su madre volvió a llamar desde dentro.

—¿Estáis bien?

Daniel miró a Lina.

—Sí —respondió finalmente—. Ahora entramos.

Silencio.

Unos pasos se alejaron al otro lado de la puerta.

Lina dejó escapar el aire.

—Gracias.

Daniel no respondió.

Todavía no estaba seguro de haber hecho lo correcto.

El viento continuaba girando.

Menos violento.

Pero seguía allí.

Lina volvió a mirar sus manos.

—¿Qué me está pasando?

Daniel pensó en todo lo que había visto desde La Caída.

El cielo.

La criatura entre los escombros.

Aquel instante imposible antes de que lo alcanzara.

El paciente en el pasillo.

Los vídeos.

Personas en ciudades distintas.

Fenómenos distintos.

Y ahora Lina.

Su hermana.

—No lo sé.

Lina levantó la vista.

Daniel se acercó un poco más.

Esta vez ella no le pidió que se detuviera.

Daniel abraza y protege a Lina en el jardín mientras el viento y las hojas continúan girando a su alrededor.

Una hoja pasó junto al rostro de Daniel.

Después otra.

Sintió el viento.

Era real.

No una grabación.

No un rumor.

No alguien al otro lado del mundo.

Lina.

El aire comenzó a girar de nuevo con más fuerza.

Desde sus pies.

Alrededor de sus piernas.

Ascendiendo por su cuerpo.

El pelo de Lina se levantó.

Las hojas volvieron a elevarse.

Una.

Tres.

Cinco.

Diez.

Daniel dejó de contarlas.

Lina levantó lentamente las manos, con las palmas hacia arriba.

No parecía saber qué hacer con ellas.

Ni qué estaba ocurriendo.

Miró a Daniel.

Tenía la cara pálida.

Los ojos muy abiertos.

—Dani...

Nada más.

El viento aumentó.

Giró alrededor de su cuerpo desde los pies hasta por encima de su cabeza.

Pero no la golpeaba.

No la hacía retroceder.

No parecía herirla.

Daniel no se movió.

Había visto los vídeos.

Había escuchado la radio.

Había visto algo imposible en aquel pasillo.

Había pasado horas buscando explicaciones.

Pero aquello era diferente.

No era un vídeo.

No era un rumor.

No era alguien al otro lado del mundo.

Era Lina.

Su hermana.

Y estaba ocurriendo delante de él.

CORTE A NEGRO.

FIN DEL EPISODIO 04 — DESPERTAR

ZERO RISING

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