El mensaje llegó antes que la alarma.
Daniel abrió un ojo.
06:04.
La pantalla del teléfono iluminaba la habitación.
A.E.E. — UNIDAD DE APOYO OPERATIVO
PROCESO DE SELECCIÓN
FASE 1 — SUPERADA
Daniel tardó unos segundos en reaccionar.
Debajo había otra línea.
FORMACIÓN OPERATIVA — NIVEL INICIAL
Y una hora.
PRESENTACIÓN: 07:30
Daniel volvió a cerrar los ojos.
Cinco segundos.
Los abrió.
Seguía ahí.
—Vale.
Se incorporó.
Esta vez despacio.
El costado todavía protestó.
Mucho menos que el día anterior.
Se puso de pie.
Sobre la silla seguía el chaleco provisional.
U.A.O. — ASPIRANTE
Daniel lo cogió.
Por primera vez no se quedó mirando la palabra.
Se lo puso.
Melisa ya estaba allí.
07:21.
Daniel comprobó la hora.
Luego la miró.
—¿Cuánto llevas?
—Poco.
—¿Cuánto es poco?
Melisa no respondió.
Daniel vio la mochila a sus pies.
Las bolsas transparentes seguían dentro.
Todas etiquetadas.
—Has venido antes.
—Tú también.
—Nueve minutos.
—Yo también.
Daniel la miró.
Melisa apartó la vista.
—Veintisiete.
Daniel sonrió.
—Eso no es poco.
—Quería saber dónde estaba todo.
—Estaba todo aquí ayer.
—Hoy podrían haberlo cambiado.
Daniel miró alrededor.
Las camillas seguían en el mismo lugar.
Los botiquines también.
—Peligro evitado.
Melisa le dio un pequeño golpe con la mochila.
—Idiota.
La puerta principal se abrió.
—¡ASPIRANTES!
Ambos se giraron.
El mismo instructor del día anterior entró acompañado de otros dos miembros de la A.E.E.
En una pantalla apareció:
FASE 2
FORMACIÓN OPERATIVA — NIVEL INICIAL
Daniel levantó ligeramente la cabeza.
El instructor se colocó frente al grupo.
—Ayer algunos aprendisteis que correr no siempre sirve.
Daniel miró al frente.
Melisa lo miró a él.
—Ni se te ocurra.
—No he dicho nada.
—Ya.
El instructor continuó.
—Hoy vais a aprender algo peor.
Pausa.
—Que hacer vuestro trabajo correctamente puede depender de que otra persona haga el suyo.
La pantalla cambió.
PROTOCOLO DE OPERACIÓN CONJUNTA
U.A.O. / PERSONAL CON AFINIDAD
—En una operación real no trabajaréis solos.
Aparecieron diferentes funciones.
Evacuación.
Comunicaciones.
Sanidad.
Reconocimiento.
Contención.
Apoyo operativo.
—Tampoco trabajaréis únicamente con personal de vuestra unidad.
En la pantalla aparecieron siete códigos.
AE-01
AU-02
SE-03
IG-04
NE-05
SY-06
VO-07
—Las Casas no sustituyen a la U.A.O.
Otra diapositiva.
—La U.A.O. no sustituye a las Casas.
El instructor apagó la pantalla.
—Si alguno entra aquí creyendo que unos están para luchar y otros para llevarles las bolsas, puede marcharse ahora.
Nadie se movió.
—Bien.
Señaló la puerta.
—Vamos.
En otro edificio del complejo, una pantalla cambió de número.
REGISTRO OPERATIVO — MESA 12
Armando levantó la vista.
Esperó un instante.
Luego se puso de pie.
Una puerta automática se abrió.
La sala al otro lado era pequeña.
Un escritorio.
Dos sillas.
Una pantalla.
Una funcionaria de la A.E.E. esperaba detrás de la mesa.
—Identificación.
Armando dejó la tarjeta delante de ella.
La mujer la acercó al lector.
Un sonido breve.
Los datos aparecieron.
ARMANDO
NE-05 — NEREA
La funcionaria comprobó varios campos.
—Tu adscripción está confirmada.
Armando asintió.
La mujer siguió leyendo.
—Con la habilitación puedes mantener tu identificación actual o registrar un nombre operativo para servicio.
Armando levantó ligeramente la mirada.
—No es obligatorio —continuó ella—. Tu identidad civil permanece vinculada al expediente.
La pantalla giró hacia él.
Había un campo vacío.
NOMBRE OPERATIVO:
—Si registras uno, será el que figure en tu identificación operativa, comunicaciones internas y documentación de servicio.
Armando miró el campo.
La funcionaria esperó.
—¿Quieres mantener Armando?
Silencio.
Armando bajó la mirada hacia la tarjeta que había dejado sobre la mesa.
El mismo nombre que había llevado hasta allí.
—No.
La funcionaria colocó las manos sobre el teclado.
—¿Qué nombre quieres registrar?
Armando levantó la vista.
—Harmondez.
La mujer escribió.
Una letra tras otra.
H A R M O N D E Z
Giró de nuevo la pantalla.
NE-05 — NEREA
HARMONDEZ
—¿Correcto?
Él observó el nombre.
—Sí.
La funcionaria confirmó.
Un sonido.
NOMBRE OPERATIVO REGISTRADO
La impresora lateral comenzó a trabajar.
La mujer retiró una nueva identificación.
La dejó sobre la mesa.
—Listo, Harmondez.
Él la cogió.
La observó durante unos segundos.
Luego se levantó.
—Gracias.
Salió.
La puerta se cerró detrás de él.
Armando había entrado.
Harmondez salió.
El pabellón de formación era mucho más grande que el del día anterior.
Daniel entró.
Se detuvo.
Había armas.
No demasiadas.
Pero suficientes.
Todas aseguradas en soportes.
Un símbolo aparecía repetido en las vitrinas.
A.R.E.
Daniel se acercó.
Bastones.
Armas cortas.
Dispositivos de conducción.
Protecciones de antebrazo.
Hojas de diferentes tamaños.
Melisa apareció a su lado.
—No las toques.
Daniel ni siquiera la miró.
—No iba a hacerlo.
—Estabas pensando en hacerlo.
—Estaba mirando.
—Con las manos.
Daniel las metió en los bolsillos.
—Mejor.
Un técnico pasó frente a ellos.
—No son operativas.
Daniel giró.
—¿Todas?
—Modelos de entrenamiento.
El hombre señaló una línea amarilla presente en cada arma.
—Salida limitada. Sin autorización, ninguna abandona este pabellón.
Cogió una de las hojas.
—Una A.R.E. no convierte a nadie en Despierto.
La dejó de nuevo.
—Y tampoco convierte a un Despierto en alguien competente.
Melisa miró a Daniel.
—Eso iba por ti.
—Ni siquiera me conoce.
—Ha sido rápido.
Daniel recibió un bastón.
Lo sostuvo.
Giró.
Demasiado largo.
Probó otra posición.
—No.
El técnico levantó una ceja.
—¿No?
Daniel corrigió.
—No me resulta cómodo.
—Eso sí me sirve.
Se lo quitó.
Le entregó otro modelo.
Más corto.
Daniel hizo dos movimientos.
Mejor.
Pero tenía que frenar el cuerpo para que el arma pudiera seguirlo.
—¿Qué notas?
—Que llego antes que esto.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Ya.
Otra arma.
Una hoja corta.
Daniel la sostuvo.
Cambió la postura casi sin pensarlo.
Un pie atrás.
Hombros relajados.
Movimiento corto.
El técnico lo observó.
—Otra vez.
Daniel repitió.
Golpe.
Paso lateral.
Cambio de ángulo.
—¿Has entrenado con armas?
—No.
—Se nota.
Melisa soltó una risa desde detrás.
Daniel giró.
—Gracias.
—De nada.
—Otra vez —ordenó el técnico.
Daniel avanzó.
Ataque.
Retroceso.
Giro.
Se detuvo.
Algo no terminaba de encajar.
Miró su mano izquierda.
Vacía.
Después el soporte.
Había otra hoja corta.
Casi idéntica.
El técnico siguió su mirada.
—Una.
Daniel levantó la que llevaba.
—Ya.
Volvió a mirar la segunda.
—He dicho una.
—Lo he oído.
Desde atrás:
—No parecía.
Daniel giró.
Melisa sonreía.
—No empieces.
En otra zona del complejo:
NE-05 — NEREA
Alyra extendió ambas manos.
El agua salió de uno de los depósitos.
No golpeó.
Rodeó el primer obstáculo.
Después el segundo.
Dividió el flujo.
Una corriente continuó.
La otra cambió de dirección.
El instructor levantó la mano.
Alyra cerró los dedos.
El agua regresó al depósito.
Ni una gota alcanzó la línea exterior.
El instructor miró el suelo.
—Control limpio.
Alyra sonrió.
—Era la idea.
A su derecha:
crujido.
Alyra cerró los ojos.
—Tres...
El hielo siguió creciendo.
—Dos...
Subió por el lateral del recipiente.
—Uno...
—Basta.
Iskander cerró la mano.
El hielo dejó de crecer.
Alyra lo miró.
—Esta vez solo has tardado medio segundo.
—Estoy mejorando.
—Eso es discutible.
Iskander golpeó ligeramente el hielo con los nudillos.
—Aguanta.
—No era la prueba.
—Pero aguanta.
Alyra negó con la cabeza.
—Un día vas a construir una pared tan grande que no vas a poder salir tú.
Iskander la miró.
—Entonces la rompo.
—Claro.
El instructor llamó:
—Iskander.
Él se acercó.
Sobre una mesa había varios modelos A.R.E.
El instructor eligió uno más pesado que los utilizados por otros alumnos.
Iskander lo sostuvo.
Probó el peso.
—¿Qué tal?
—Ligero.
Desde atrás:
—Qué sorpresa.
Iskander giró.
Alyra ya había vuelto a su ejercicio.
—Te he oído.
Sin mirarlo, ella respondió:
—Era la idea.
Una de las corrientes perdió estabilidad.
Alyra intentó corregirla.
Demasiado tarde.
El agua golpeó el borde y cayó al suelo.
Ella apretó los labios.
El instructor se acercó.
—Otra vez mañana.
—Puedo hacerlo ahora.
—Mañana.
Alyra miró el agua derramada.
No discutió.
Se agachó.
Empezó a recoger el material.
Iskander se acercó.
—Casi.
Alyra levantó la cabeza.
—No necesito un “casi”.
—No era un consuelo.
—¿Entonces?
Iskander señaló el depósito.
—La segunda corriente estaba bien.
Alyra lo miró.
Después miró el agua.
—La primera no.
—Por eso he dicho casi.
Alyra soltó aire por la nariz.
—Qué útil eres.
Iskander asintió.
—Lo intento.
Ella sonrió a pesar suyo.
VO-07 — VOLTRIS
La electricidad recorrió la hoja.
Xenya apretó los dientes.
El indicador pasó de verde a amarillo.
—Baja.
Xenya mantuvo.
—Xenya.
La descarga aumentó.
—Baja.
Ella redujo.
El indicador regresó.
Xenya soltó aire.
—Podía aguantar.
El instructor comprobó los datos.
—El arma, sí.
Xenya esperó.
—Tú todavía no.
Frunció el ceño.
—Otra vez.
El instructor la miró.
Xenya extendió la mano.
—Otra vez.
Esta vez la electricidad apareció más despacio.
Menos espectacular.
Más estable.
Verde.
Se mantuvo.
Cinco segundos.
Diez.
El instructor no dijo nada.
Xenya sonrió.
—¿Ahora sí?
—Ahora no has intentado impresionar a nadie.
La sonrisa desapareció.
—No estaba intentando...
El instructor la miró.
Xenya calló.
—Otra vez.
La siguiente sala parecía una pequeña estación industrial.
Pasarelas.
Puertas.
Escaleras.
Contenedores.
Humo artificial.
Luces de emergencia.
Cuatro maniquíes.
Daniel y Melisa esperaban.
Esta vez no estaban solos.
Alyra entró primero.
Detrás apareció Iskander.
Daniel reconoció el uniforme.
Nerea.
Melisa bajó la voz.
—¿Entrenamiento conjunto?
—Eso parece.
Iskander miró los distintivos.
U.A.O. — ASPIRANTE
Después miró a Daniel.
—¿Quién coordina?
Daniel iba a responder.
Se detuvo.
Miró a Melisa.
Ella lo vio.
Daniel levantó la radio.
—Depende de lo que encontremos.
Iskander lo observó un instante.
—Bien.
Alyra miró a Daniel.
—Por lo menos uno pregunta antes de mandar.
Iskander giró.
—No he mandado nada.
—Todavía.
Una voz salió por los altavoces.
—Incidente estructural.
Las luces cambiaron.
—Cuatro víctimas.
Humo.
—Una vía principal comprometida.
Una puerta se cerró.
—Tiempo.
Daniel dio un paso.
Se detuvo.
Miró.
Melisa lo vio.
—¿Qué?
Daniel señaló el panel.
—Dos rutas.
Iskander avanzó hacia la primera.
Daniel levantó la radio.
—Espera.
Iskander giró.
—¿Qué?
Daniel comprobó el plano.
—Esa conecta con el sector dos.
—Sí.
—Tenemos víctimas en el tres.
—Entonces abrimos paso.
Iskander avanzó.
Agua preparada para el ejercicio recorrió el suelo.
Subió.
Se congeló.
Una barrera estabilizó parte de la estructura.
—Hecho.
Daniel miró.
Luego detrás.
—No.
Iskander giró.
—¿Qué?
Daniel señaló.
—Has cerrado la salida secundaria.
Iskander observó la barrera.
—Aguanta.
—Ese no es el problema.
Daniel señaló el plano.
—Si la principal cae, acabas de cerrarnos la otra.
Iskander lo miró.
Alyra observó el hielo.
—Tiene razón.
Iskander extendió la mano.
Parte del hielo se quebró.
Redujo el bloqueo.
Dejó un paso.
—Ahora.
Daniel asintió.
—Ahora.
Avanzaron.
Primera víctima.
Melisa comprobó el entorno.
Daniel iba a avanzar.
Se detuvo.
Miró.
Una vez.
Dos.
Melisa lo vio.
—Seguro.
Daniel se acercó.
Alyra controló una fuga simulada utilizando agua del circuito.
Iskander mantuvo estable la estructura.
Daniel comprobó la víctima.
—Necesitamos evacuación.
Melisa levantó la radio.
—Equipo uno. Víctima localizada. Sector tres. Acceso secundario operativo.
—Recibido.
Daniel miró a Melisa.
Ella levantó una ceja.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
Daniel negó.
Siguieron.
Segundo sector.
Una alarma.
Iskander avanzó.
Daniel levantó la mano.
—Espera.
Iskander se detuvo.
Daniel miró el suelo.
Una línea roja.
ZONA INESTABLE
Iskander señaló el otro lado.
—Puedo cruzar.
—Tú.
Daniel señaló a Melisa.
—Ella no.
Alyra miró la zona.
—Yo tampoco me fiaría.
Daniel señaló otra ruta.
—Rodeamos.
—Perdemos tiempo —dijo Iskander.
Daniel recordó una voz.
Llegar primero no sirve de nada si llegas mal.
—Sí.
Iskander lo observó.
Daniel levantó la radio.
—Cambio de ruta.
Esta vez Iskander no discutió.
—Vamos.
Terminaron fuera de tiempo.
Otra vez.
Daniel miró el cronómetro.
—No puede ser.
Melisa dejó la camilla.
—¿Cuánto?
—Catorce segundos.
—Mejor que tres.
Daniel la miró.
—Eso no funciona así.
El instructor bajó desde la pasarela.
—Dos víctimas evacuadas correctamente.
Miró a Alyra.
—Fuga contenida.
A Iskander.
—Estructura estabilizada.
Después a Daniel y Melisa.
—Comunicaciones correctas.
Daniel esperó.
—Catorce segundos fuera.
—Ya.
El instructor miró al grupo.
—¿Qué salió mal?
Iskander respondió primero.
—Perdimos tiempo modificando mi barrera.
Daniel lo miró.
—Porque bloqueaba la salida.
—Lo sé.
Daniel calló.
Iskander continuó.
—Por eso salió mal.
Pausa.
—La hice demasiado grande.
Alyra lo miró.
Iskander la vio.
—Ni una palabra.
—No he dicho nada.
—Ya.
El instructor señaló a Daniel.
—¿Y tú?
Daniel pensó.
—Dudé demasiado en la segunda ruta.
—¿Por qué?
—Porque ayer habría entrado sin mirar.
—¿Y hoy?
Daniel observó el escenario.
—Hoy miré demasiado.
El instructor asintió.
—Bien.
Daniel frunció el ceño.
—¿Bien?
—Ahora sabes que existen los dos errores.
Se marchó.
Daniel se quedó mirándolo.
Melisa pasó junto a él.
—Has mirado dos veces.
Daniel giró.
Ella sonreía.
—No te acostumbres.
Comieron fuera.
Daniel estaba sentado sobre un muro bajo.
Melisa abrió su mochila.
Sacó una bolsa.
Daniel vio la etiqueta.
COMIDA
La miró.
—No.
—¿Qué?
—Has etiquetado la comida.
—Sí.
—Sabes lo que es porque es comida.
—También sé lo que son las vendas.
—Entonces ¿por qué etiquetas algo?
Melisa abrió la bolsa.
—Porque me gusta.
Daniel se quedó callado.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
Melisa lo miró.
—Pensabas que había una explicación.
—Sí.
—No.
Le dio un mordisco al bocadillo.
—Simplemente me gusta tener las cosas ordenadas.
Daniel sonrió.
—Eso me gusta más.
—¿Qué cosa?
—Que no todo tenga una historia triste.
Melisa dejó de masticar durante un instante.
—No.
Pausa.
—No todo.
Daniel entendió que había algo más.
No preguntó.
Melisa lo notó.
—Mis padres no quieren que esté aquí.
Daniel la miró.
—¿Por lo de Darian?
—Por todo.
Jugó con el envoltorio.
—Dicen que ya tuve bastante.
Daniel permaneció callado.
—Que no tengo afinidad. Que no necesito meterme en esto.
—¿Y tú qué dices?
Melisa miró hacia el patio.
Varios uniformes de las Casas cruzaban al otro lado.
—Que alguien se metió cuando yo no sabía qué hacer.
Daniel bajó la mirada.
—Armando.
Melisa continuó.
—También.
Daniel comprendió.
No hizo falta preguntar.
—Ellos creen que quiero hacer esto por lo que pasó aquel día.
—¿Y no?
Melisa tardó.
—Un poco.
Pausa.
—Pero no solo por eso.
Daniel asintió.
—Bien.
Melisa frunció el ceño.
—¿Bien?
Daniel sonrió.
—Así no soy el único.
Ella tardó un segundo en reconocer la frase.
Le lanzó el envoltorio.
Daniel lo esquivó.
En otra parte del complejo, nadie estaba riendo.
Una pantalla mostraba una carretera.
La grabación era mala.
Oscura.
Movida.
Pero suficiente.
Varios animales permanecían entre los árboles.
—Otra vez.
El vídeo retrocedió.
Reproducción.
Los Alterados retrocedieron.
Uno.
Otro.
Otro.
Casi simultáneamente.
—Pausa.
La imagen se congeló.
Una investigadora se acercó.
—¿Tiempo entre movimientos?
—Menos de dos segundos.
—¿Estímulo externo?
—Ninguno registrado.
Otro técnico amplió la imagen.
—Podría ser respuesta de grupo.
—Podría.
La investigadora abrió otro archivo.
Un mapa.
Varios puntos.
Uno de ellos era antiguo.
—¿Qué es eso?
—Uno de los primeros incidentes graves después de La Caída.
Fotos.
Asfalto.
Sangre.
Huellas.
—Hubo muertos.
—Lo sé.
Colocó ambos registros juntos.
Incidente antiguo.
Incidente actual.
—No podemos afirmar que sean los mismos individuos.
—No.
—Ni siquiera que pertenezcan al mismo grupo.
—No.
La investigadora amplió las huellas.
—Pero mira las distancias.
Silencio.
Los patrones eran demasiado regulares.
—Se desplazan juntos.
El técnico miró la grabación.
—Los cánidos ya hacen eso.
—Sí.
Ella volvió a reproducir el momento de la retirada.
Todos retrocedieron.
Ninguno dio la espalda.
—Pero esto no parece una estampida.
Pausa.
—Ni miedo.
La imagen se detuvo.
Los animales miraban prácticamente hacia el mismo punto.
Fuera de cámara.
—¿Qué miran?
Nadie respondió.
La última prueba del día volvió a llevar a Daniel al pabellón A.R.E.
El técnico lo vio entrar.
—No.
Daniel levantó ambas manos.
—No he dicho nada.
—Ya sé qué vas a preguntar.
—No lo sabes.
—Las dos.
Daniel se quedó quieto.
—Vale.
Pausa.
—Sí.
Melisa pasó detrás de él.
—Da miedo.
El técnico cogió las dos hojas cortas.
Las dejó sobre la mesa.
—Cinco minutos.
Daniel sonrió.
—¿En serio?
—Cuatro cincuenta y nueve.
Daniel cogió ambas.
Esta vez no empezó inmediatamente.
Miró el espacio.
El maniquí.
Sus pies.
Respiró.
—¿Qué haces? —preguntó el técnico.
Daniel ajustó el agarre.
—Mirando dos veces.
Melisa se tapó la cara.
—No.
Daniel empezó.
Despacio.
Derecha.
Izquierda.
Paso.
Cambio.
Una hoja marcó el primer ángulo.
La segunda continuó el movimiento.
Daniel retrocedió.
Volvió.
Más rápido.
Se equivocó.
Las dos hojas chocaron.
—Muerto —dijo Melisa.
Daniel la miró.
—Gracias.
—De nada.
Volvió a empezar.
Derecha.
Izquierda.
Cambio.
Esta vez no chocaron.
Todavía torpe.
Todavía imperfecto.
Pero algo empezaba a encajar.
Una hoja protegía el movimiento de la otra.
Daniel terminó.
Respiraba rápido.
Miró ambas.
El técnico se acercó.
Extendió las manos.
Daniel se las entregó.
—Mañana.
Daniel levantó la cabeza.
—¿Eso significa...?
—Significa mañana.
El técnico colocó las hojas en el soporte.
Daniel las observó.
No eran suyas.
Todavía.
Pero por primera vez desde que la A.E.E. había empezado a medirlo, Daniel no estaba esperando que apareciera algo dentro de él.
Estaba aprendiendo a utilizar algo que ya tenía.
Su cuerpo.
Su cabeza.
Sus decisiones.
Todavía era poco.
Pero ya no era nada.
La luz del laboratorio era blanca.
Demasiado blanca.
Sobre una mesa metálica descansaba el cuerpo de un Alterado.
Canino.
Más grande de lo normal.
El pelaje había sido retirado en varias zonas.
Dos investigadores trabajaban en silencio.
Uno comparaba imágenes.
—Pon la muestra inicial.
En la pantalla apareció tejido muscular de uno de los primeros ejemplares recuperados después de La Caída.
—Ahora esta.
La imagen cambió.
Silencio.
—Otra vez.
Primera.
Actual.
Primera.
Actual.
—Eso no estaba.
—No.
El investigador amplió.
Fibras.
Densidad.
Cambios estructurales.
—¿Edad?
—Compatible.
—¿Especie?
—Compatible.
—¿Diferencias ambientales?
—No suficientes.
El hombre se acercó a la pantalla.
—Entonces ¿qué estoy viendo?
La investigadora no respondió.
Abrió otro registro.
Otro Alterado.
Después otro.
Tres fechas diferentes.
Tres muestras.
Los cambios no eran idénticos.
Pero seguían una dirección.
—Los más recientes...
—Sí.
Silencio.
—¿Mutación?
La investigadora negó lentamente.
—No utilizaría esa palabra todavía.
—¿Entonces?
Observó las tres muestras.
—Adaptación.
El hombre frunció el ceño.
—¿Tan rápido?
—He dicho que no utilizaría esa palabra todavía.
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Un técnico entró con una tableta.
—Tenemos otro.
La investigadora giró.
—¿Otro ejemplar?
—Otro incidente.
Le entregó la pantalla.
Un mapa.
Un punto rojo.
Ella amplió.
Después abrió el incidente anterior.
Los dos puntos estaban mucho más cerca de lo que esperaba.
—¿Cuántos?
—No sabemos.
—¿Víctimas?
—Todavía no.
El investigador se acercó.
—¿Dirección?
El técnico señaló el mapa.
Silencio.
La investigadora levantó la vista.
—Se están moviendo.
Bosque.
Noche.
Una cámara fija observaba un tramo de carretera.
Hora:
23:47:18
Nada.
23:47:26
Una silueta cruzó.
Canina.
Se detuvo en mitad de la carretera.
Otra apareció detrás.
Después otra.
Tres.
Ninguna siguió avanzando.
La primera levantó la cabeza.
Las otras esperaron.
23:47:41
La primera giró hacia el norte.
Las otras dos hicieron lo mismo.
No había ruido.
No había vehículos.
No había nada visible en esa dirección.
23:47:46
Las tres comenzaron a moverse.
Juntas.
Desaparecieron fuera de cámara.
La carretera volvió a quedar vacía.
Pasaron cuatro segundos.
Cinco.
En el extremo del encuadre, entre los árboles, una rama alta se inclinó.
Demasiado alta.
La imagen perdió señal durante menos de un segundo.
Cuando volvió:
nada.
Solo carretera.
En la esquina inferior de la grabación apareció automáticamente:
MOVIMIENTO DETECTADO
PATRÓN NO IDENTIFICADO
La grabación continuó.
Vacía.
CORTE A NEGRO.
FIN DEL EPISODIO 15 — PROTOCOLO