TEMPORADA 1 — EL DESPERTAR

ARCO I — DESPUÉS DE LA CAÍDA

EPISODIO 03

Señales

11 min de lectura

El pabellón olía a desinfectante, sudor y ropa húmeda.

Daniel no sabía cuánto tiempo llevaba tumbado en aquella camilla.

A su alrededor, todo seguía moviéndose.

Voluntarios cargaban cajas de agua y mantas.

Sanitarios iban de una camilla a otra.

Personas recorrían el pabellón preguntando por familiares que nadie parecía encontrar.

De vez en cuando alguien gritaba un nombre.

—¡Lucía!

Silencio.

Más lejos:

—¡Javier!

Una voz respondió desde algún punto del pabellón.

—¡Aquí!

Una mujer salió corriendo.

Daniel la siguió con la mirada hasta verla abrazarse a un hombre con el brazo vendado.

Apartó la vista.

A veces había respuesta.

Otras veces, no.

Bajó la mirada hacia su móvil.

La pantalla estaba agrietada en una esquina.

La cobertura aparecía y desaparecía.

Una raya.

Nada.

Otra vez una raya.

Daniel abrió el chat familiar.

Las llamadas perdidas seguían allí.

Mamá.

Papá.

Lina.

Abrió el cuadro de texto.

Estoy bien.

Se quedó mirando las dos palabras.

Parecían insuficientes.

Después de todo lo que había ocurrido, aquello era lo único que podía decirles.

Las borró.

Volvió a escribirlas.

Estoy bien.

Esta vez pulsó enviar.

El pequeño icono quedó inmóvil durante unos segundos.

Daniel esperó.

Finalmente, el mensaje salió.

Dejó escapar el aire.

Apoyó la cabeza contra la almohada y cerró los ojos.

El cielo.

El estruendo.

La gente corriendo.

El edificio.

La criatura.

El soldado.

Clara.

La recordó tumbada en aquella camilla.

Pensé que no ibas a despertarte.

Daniel abrió los ojos.

Miró instintivamente hacia el lugar donde había estado.

No tenía sentido.

Ya no estaba allí.

Habían pasado horas desde que los separaron.

Aun así, durante un segundo había esperado verla.

—¿Daniel?

Se quedó inmóvil.

Conocía aquella voz.

Alzó la cabeza.

Lina estaba al otro lado del pabellón.

Tenía polvo en la ropa, el pelo desordenado y los ojos rojos de cansancio.

Pero estaba allí.

Durante un instante ninguno de los dos se movió.

Como si necesitaran comprobar que el otro era real.

—Lina...

Ella reaccionó primero.

Cruzó el pabellón casi corriendo y lo abrazó.

Fuerte.

Daniel apenas tuvo tiempo de levantarse.

El golpe contra su cuerpo le hizo notar todos los músculos que todavía le dolían.

No le importó.

La abrazó también.

No dijeron nada.

Por unos segundos, simplemente respiraron.

Daniel y Lina se abrazan al reencontrarse dentro del pabellón de emergencia tras La Caída.

—Idiota —murmuró Lina contra su pecho.

Daniel dejó escapar una risa agotada.

—Yo también me alegro de verte.

Lina se separó.

Le dio un golpe muy suave en el brazo.

—¿Por qué no contestabas?

—No podía.

—Mamá no paraba de llamarte. Papá quería salir a buscarte.

Daniel cambió de expresión.

—¿Están bien?

—Sí.

La respuesta llegó rápido.

—Asustados. Pero están bien.

Daniel cerró los ojos un instante.

Por fin.

Algo bueno.

—¿Dónde están?

—En casa. Bueno... ahora.

—¿Ahora?

—Han estado intentando localizarte por todas partes.

Daniel bajó la mirada.

—Lo siento.

—Díselo a ellos.

—Lo haré.

Lina lo observó.

Por primera vez pareció fijarse realmente en su estado.

El vendaje de la cabeza.

Los arañazos.

Los moretones.

—Dani...

Daniel sabía lo que venía.

—Estoy bien.

—Tienes media cabeza vendada.

—Exagerada.

Lina señaló el vendaje.

—¿Y eso?

Daniel se lo tocó instintivamente.

—Es una historia larga.

—Tengo tiempo.

—Yo no. Quieren seguir haciéndome pruebas.

Lina no sonrió.

—¿Fue durante... eso?

No necesitaba explicar a qué se refería.

Daniel miró un momento hacia las pantallas del pabellón.

Imágenes de edificios dañados.

Calles cortadas.

Humo.

—Sí.

—¿Estabas solo?

Daniel pensó en Clara.

En el soldado.

En aquella cosa avanzando entre los escombros.

—No.

Lina esperó.

Daniel no añadió nada.

—¿Y la otra persona está bien?

Él tardó un instante.

—Sí.

Pensó en la sonrisa de Clara antes de que se cerraran las puertas.

—Creo que sí.

Lina asintió.

No preguntó más.

Daniel agradeció que no lo hiciera.

—¿Y tú? —preguntó.

Lina tardó un poco más en responder.

—No sé.

Intentó sonreír.

—Supongo que como todos.

Daniel la observó.

Había algo diferente en ella.

O quizá simplemente estaba tan cansado que empezaba a ver cosas donde no las había.

Lina se frotó los brazos.

—¿Tienes frío?

—Un poco.

Daniel miró alrededor.

No parecía hacer frío.

—¿Quieres que busque algo?

—No. Estoy bien.

Una corriente de aire rozó el rostro de Daniel.

Muy leve.

Giró la cabeza.

Las puertas estaban cerradas.

Un sanitario pasó rápidamente junto a ellos.

Daniel supuso que habría sido eso.

Volvió a mirar a Lina.

Ella se apartó un mechón de pelo de la cara.

—Tengo que volver con mamá y papá —dijo—. Solo vine porque nos dijeron que te habían traído aquí.

—Claro.

—Cuando puedas, vuelve a casa.

Daniel asintió.

—Lo haré.

Lina dio un paso atrás.

—Y contesta el móvil.

—Sí, mamá.

Ella sonrió por primera vez.

—Idiota.

Se giró para marcharse.

Y entonces ocurrió.

La corriente de aire regresó.

Esta vez Daniel la sintió claramente.

Unas hojas sobre una mesa cercana se deslizaron.

Daniel levantó ligeramente la cabeza.

Una de ellas estuvo a punto de caer.

Después se detuvo.

Una manta colgada del respaldo de una silla se levantó unos centímetros.

Daniel miró hacia las puertas.

Seguían cerradas.

Miró hacia arriba.

No veía ningún conducto cerca.

Entonces un vaso de plástico comenzó a moverse lentamente sobre una bandeja metálica.

Daniel lo siguió con la mirada.

El vaso avanzó unos centímetros.

Se detuvo.

Volvió a moverse.

Llegó al borde.

Cayó.

Tac.

Lina se detuvo.

Daniel miró el vaso.

Después a ella.

—¿Has visto eso?

Lina se giró.

—¿El qué?

Daniel señaló vagamente la mesa.

Pero ya no ocurría nada.

Las hojas estaban inmóviles.

La manta también.

Un voluntario pasó junto a ellos, recogió el vaso y continuó andando sin darle importancia.

Daniel volvió a mirar a Lina.

—Nada.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—Descansa, ¿vale?

—Tú también.

Lina levantó una mano.

Se alejó entre las camillas.

Daniel permaneció quieto.

Miró la mesa.

Después las puertas.

Nada.

Terminó sentándose otra vez en el borde de la camilla.

Probablemente no había sido nada.

◆

Horas después, el pabellón no estaba más tranquilo.

Solo estaba más cansado.

Algunas personas dormían sobre mantas extendidas en el suelo.

Otras seguían esperando noticias.

Una mujer había conseguido dos sillas y dormía con la cabeza apoyada sobre el hombro de su pareja.

Un niño jugaba con un coche de plástico entre dos camillas.

Lo empujaba hacia delante.

Lo recogía.

Y volvía a empezar.

Como si fuera un día cualquiera.

Daniel miró su móvil.

Tenía respuesta.

Lina: Mamá casi se pone a llorar cuando ha visto tu mensaje.

Un segundo mensaje.

Papá dice que vuelvas en cuanto te dejen.

Y después:

Yo también.

Daniel sonrió ligeramente.

Escribió:

En cuanto pueda.

Envió.

Esta vez salió a la primera.

Guardó el teléfono.

Una radio sonaba detrás de una mesa de voluntarios.

Daniel no prestaba atención.

Hasta que escuchó:

—...las autoridades piden calma ante la difusión de numerosos vídeos en redes sociales...

Levantó la cabeza.

Un voluntario aumentó un poco el volumen.

—...por el momento no existe una explicación oficial para los incidentes registrados en distintos puntos del país. Se recomienda no difundir imágenes cuya autenticidad no haya podido ser verificada...

Varias personas cercanas dejaron de hablar.

Daniel sacó el móvil.

Abrió las redes.

No tuvo que buscar.

Los vídeos aparecían uno detrás de otro.

Abrió el primero.

Una calle española.

La grabación temblaba mientras varias personas retrocedían.

Papeles, bolsas y pequeños objetos salían despedidos alrededor de alguien situado en mitad de la calle.

La persona que grababa decía algo que apenas se entendía.

Daniel volvió a reproducirlo.

Miró los árboles del fondo.

Apenas se movían.

Deslizó el dedo.

Otro vídeo.

Un hombre gritaba mientras pequeñas llamas aparecían alrededor de sus manos.

La grabación terminaba cuando alguien dejaba caer el teléfono.

Otro.

Agua ascendiendo por una pared en dirección contraria a la gravedad.

Otro.

Varias luces de una calle parpadeaban al mismo tiempo mientras una mujer permanecía inmóvil debajo.

Otro.

Una marquesina de autobús completamente destrozada.

La persona que grababa aseguraba que nadie la había tocado.

Daniel leyó los comentarios.

Es falso.

Está editado.

A mi hermano le ha pasado algo parecido.

Hay otro vídeo en Valencia.

También está pasando aquí.

¿Qué está pasando?

Eso no puede ser real.

Sí es real. Lo he visto.

Daniel siguió deslizando.

Otro vídeo.

Una grabación nocturna.

Un hombre retrocedía mientras una oscuridad extraña se extendía por el suelo frente a él.

No parecía la sombra de ningún objeto.

La persona que grababa enfocó hacia arriba.

No había nada que pudiera proyectarla.

El vídeo terminó de golpe.

Daniel deslizó el dedo.

Otro.

Una mujer permanecía en mitad de una habitación mientras una luz blanca comenzaba a concentrarse alrededor de sus manos.

Alguien detrás de la cámara repetía:

—¿Cómo estás haciendo eso?

La mujer negó rápidamente con la cabeza.

—No lo sé.

La luz aumentó durante un instante.

La cámara perdió completamente la imagen.

Blanco.

Después, el vídeo terminó.

Otro.

Una calle de noche.

Varias farolas comenzaron a parpadear.

Una.

Dos.

Tres.

Todas a la vez.

En mitad de la acera, un chico miraba sus propias manos.

Una pequeña descarga saltó entre sus dedos.

Chas.

La persona que grababa dio un paso atrás.

Todas las farolas se apagaron.

El vídeo terminó.

Daniel se quedó mirando la pantalla un instante.

Deslizó otra vez.

Una plaza llena de gente.

Alguien gritaba:

—¡Apartaos!

La grabación se cortaba antes de mostrar por qué.

Daniel bajó ligeramente el teléfono.

Una mujer sentada cerca de él hablaba con un hombre.

—Mi hija me ha enviado uno de Madrid.

—Son montajes.

—Mi hija estaba allí.

El hombre no respondió.

Daniel volvió a la pantalla.

Entonces dejó de reconocer los lugares.

Francia.

Una multitud observando algo fuera de plano.

Italia.

Un joven rodeado de objetos que vibraban sobre una mesa.

Alemania.

Una puerta de cristal estallando mientras varias personas retrocedían.

Japón.

Una estación abarrotada.

Corea.

Luces apagándose una tras otra.

Estados Unidos.

Un coche grabando algo desde el otro lado de una carretera.

Distintos idiomas.

Distintas ciudades.

Distintas personas.

Pero algo se repetía.

Miedo.

Confusión.

Y fenómenos que nadie sabía explicar.

Daniel deslizó otra vez.

Un vídeo parecía haber sido grabado desde dentro de un coche.

Una carretera secundaria.

Varias personas estaban detenidas en el arcén.

Todas miraban hacia el mismo punto.

Daniel subió el volumen.

—¿Qué le pasa?

La cámara hizo zoom.

Había un animal junto a la carretera.

Daniel no consiguió distinguir bien qué era.

Parecía demasiado lejos.

El animal permanecía completamente quieto.

Una persona dio un paso hacia él.

—No te acerques.

El animal levantó la cabeza.

La imagen tembló.

Alguien gritó.

El vídeo terminó.

Daniel se quedó mirando la pantalla negra durante un instante.

Deslizó hacia el siguiente.

No sabía si aquello había sido real.

A esas alturas tampoco sabía qué significaba esa palabra.

La radio continuaba sonando.

—...otros gobiernos han informado de incidentes similares. Por el momento se desconoce si existe relación entre los casos...

Una periodista hablaba ahora desde un televisor situado más lejos.

Daniel apenas podía escucharla.

Solo alcanzó a leer el rótulo:

INCIDENTES TRAS LA CAÍDA

Cambió la imagen.

Un portavoz frente a varios micrófonos.

—Pedimos a la población que mantenga la calma y siga únicamente las indicaciones de los servicios de emergencia.

Una periodista preguntó algo desde fuera de plano.

—¿Puede confirmar que estos incidentes están relacionados con lo ocurrido esta mañana?

El hombre hizo una pausa.

—En este momento no podemos confirmar ninguna relación.

Otra voz.

—¿Y los vídeos?

—Se están analizando.

—¿Son auténticos?

El portavoz evitó responder directamente.

—Cuando tengamos información contrastada, será comunicada.

Las preguntas se acumularon.

El vídeo terminó.

Daniel volvió a mirar las redes.

Otro vídeo.

Después otro.

Y otro.

Cada vez resultaba más difícil pensar que todos eran falsos.

Dejó de deslizar.

Hasta aquel momento había intentado meter todo dentro de la misma explicación.

El impacto.

Los edificios destruidos.

Los heridos.

El caos.

Consecuencias de La Caída.

Pero aquello estaba sucediendo después.

A personas.

En lugares distintos.

En todo el mundo.

Daniel bloqueó el teléfono.

No porque se hubiera quedado sin batería.

Porque ya había visto suficiente.

Durante unos segundos permaneció sentado en el borde de la camilla, escuchando únicamente el ruido del pabellón.

Una camilla pasó frente a él.

Una niña dormía sobre el hombro de su madre.

Un voluntario repartía botellas de agua.

El niño del coche de plástico seguía jugando.

Hacia delante.

Lo recogía.

Otra vez.

Todo parecía casi normal.

Daniel miró hacia la mesa.

Las hojas.

Seguían allí.

Quietas.

Recordó cómo se habían movido.

La manta levantándose.

El vaso deslizándose sobre el metal.

Tac.

Daniel frunció el ceño.

Recordó algo más.

La corriente de aire mientras hablaba con Lina.

Ella apartándose el pelo.

¿Tienes frío?

Un poco.

Miró las puertas.

Habían estado cerradas.

Y Lina.

Daniel miró hacia la salida por la que su hermana había desaparecido horas antes.

¿Has visto eso?

¿El qué?

Sacó nuevamente el móvil.

Abrió el chat familiar.

Buscó el nombre de Lina.

Su último mensaje seguía allí.

Yo también.

Daniel apoyó el pulgar sobre el teclado.

Escribió unas palabras.

Las borró.

Volvió a escribir.

Se detuvo.

¿Qué iba a preguntarle?

¿Has hecho que se mueva un vaso?

La idea le pareció ridícula incluso dentro de su cabeza.

Borró todo.

Finalmente escribió:

¿Has llegado a casa?

Envió el mensaje.

Daniel esperó.

Aparecieron los dos ticks.

Nada más.

Guardó el móvil.

Intentó mirar hacia otro lado.

No pudo.

Su mirada regresó a la salida.

A las puertas cerradas.

A la mesa.

A las hojas inmóviles.

Horas antes habría encontrado una explicación para cualquiera de aquellas cosas.

Una corriente.

Una puerta abierta.

Alguien golpeando la mesa.

Casualidad.

Ahora tenía cientos de vídeos dentro del bolsillo diciéndole que quizá la explicación no era tan sencilla.

Daniel volvió a mirar hacia la salida.

Porque una pregunta que unas horas antes le habría parecido absurda acababa de instalarse en su cabeza.

¿Y si aquella ráfaga no había sido una ráfaga?

FIN DEL EPISODIO 03

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